viernes, 18 de noviembre de 2011

Camino de Santiago: ¿por qué?

Discípulo predilecto de Jesús, fue testigo de su vida terrena y de su divina humanidad. Después de la Ascensión del Señor, emprendió su viaje apostólico, que le llevó a predicar el Evangelio hasta la Península Ibérica. Su tumba que fue hallado en el año 813 d.C. por un ermitaño llamado Pelagio en el conocido Campo Stellae, en una pequeña necrópolis. Corrió a comunicarlo al obispo de Iria Flavia, Teodomiro quien lo describió como los auténticos restos del apóstol, en una pequeña necrópolis.

El continuo peregrinar por el camino de Santiago, o la llamada ruta jacobea, tiene una historia de mil años. La Meca de estos peregrinos es la ciudad gallega de Santiago de Compostela, que alberga un misterio sagrado, alimentado tanto por su historia como por la leyenda. Muchos peregrinos han viajado a pie gastando los caminos y levantando polvo de centurias. Hoy todavía hay quienes lo hacen y son muchos los que han incorporado la bicicleta como medio de transporte. Para dormir, nada mejor que trasnochar en hostales y albergues.
 
Muchos son turistas, atraídos por la fama de los paisajes, pero también por la fuerza del mito; otros son deportistas que se prueban a sí mismos, y no son escasos los que lo recorren con la reverencia del antiguo sentido religioso del peregrinaje. Todos ellos tienen algo en común: al llegar al fin del camino, lloran y ríen por haber cumplido la prueba. El fin del viaje es la plaza de la catedral de Santiago de Compostela. Santiago es el nombre español del apóstol Jacobo, hijo de Zebedeo, hermano de San Juan Evangelista y patrón de España. Junto con Juan y Pedro, contempló la transfiguración de Cristo, de quien era uno de los discípulos predilectos. La leyenda cuenta que Santiago fue decapitado por Herodes Agripa en Jerusalén, en el año 44. Fue así el primer mártir entre los apóstoles.